Soberanía Económica
1,9% de inflación: el número que oculta lo que pagás en el super
La cola del super no miente
Era martes a la mañana en un supermercado del conurbano bonaerense. Mirta, jubilada de 68 años, revisaba su changuito con una calculadora en la mano —de las de plástico, de las que ya casi no se ven. Sacaba y ponía productos. El aceite, lo dejó. El queso rallado, también. Se quedó con la harina, los fideos y una botella de agua. "Antes llegaba a fin de mes sin hacer tanto malabarismo", dijo, sin mirar a nadie en particular, como hablándole a la estantería.
Ese mismo día, el INDEC publicaba que la inflación de junio se había ubicado en el 1,9%, el registro más bajo en casi un año. Los voceros del gobierno salieron a festejar como si hubieran ganado un campeonato mundial. Los titulares de los medios afines hablaban de "estabilidad", de "logro", de "señal positiva para los mercados".
Mirta seguía en la fila, calculadora en mano.
Un número verdadero en un contexto falso
No vamos a negar el dato. El 1,9% mensual de junio es real, lo mide el INDEC y hay que tomarlo como tal. Pero un número sin historia es propaganda, no información. Y la historia de este número es la siguiente: la Argentina llegó a ese 1,9% después de atravesar una de las espirales inflacionarias más brutales de su historia reciente. En diciembre de 2023, cuando el gobierno de Milei devaluó el peso de un manotazo, la inflación mensual trepó al 25,5%. En los meses siguientes siguió en niveles de dos dígitos. El acumulado de los últimos dos años y medio devastó los salarios reales, las jubilaciones y el consumo popular de una manera que ningún 1,9% mensual va a revertir en el corto plazo.
Dicho de otro modo: si alguien te rompe las cuatro ruedas del auto y después te cambia una, no está arreglando nada. Está administrando el daño.
La desaceleración inflacionaria que celebra el oficialismo se explica, en buena medida, por la brutal caída del consumo interno. Cuando la gente no puede comprar, los precios se estabilizan. Es la receta más antigua y más cruel del manual del ajuste: enfriar la economía aplastando el poder adquisitivo de los de abajo. No es un logro. Es una consecuencia.
Lo que el índice no captura
El IPC del INDEC mide una canasta de bienes y servicios. Pero hay realidades que se le escapan a cualquier índice si no se lo lee con contexto social.
Los alimentos, que son el rubro que más pesa en el presupuesto de los hogares populares, acumulan una suba sideral desde que arrancó el actual ciclo de ajuste. Según datos del propio organismo, la canasta básica alimentaria subió más del 300% en los últimos dos años. Eso significa que una familia que antes destinaba el 40% de sus ingresos a comer, hoy destina el 55% o más —y come peor.
La luz, el gas y el transporte, tras los sucesivos tarifazos que el gobierno aplicó como condición del acuerdo con el FMI, se convirtieron en ítems de lujo para los sectores medios bajos. Un jubilado que cobra la mínima —alrededor de $280.000 al momento de escribir esta nota— no llega a cubrir la canasta básica total, que supera los $700.000 para una familia tipo.
Ese jubilado no aparece en el festejo del 1,9%.
El relato del éxito y sus víctimas invisibles
Hay una operación discursiva que el gobierno y sus aliados mediáticos vienen perfeccionando desde hace meses: tomar cada indicador favorable de manera aislada y construir con él un relato de éxito que tape la fotografía completa. El 1,9% de inflación se presenta como el inicio de una nueva era de estabilidad. Pero no se menciona que el salario real promedio todavía no recuperó lo que perdió en 2024. No se menciona que la pobreza estructural creció. No se menciona que la industria nacional lleva meses de caída en la producción.
Esta forma de comunicar la economía no es inocente. Es una elección política. Se le habla a los mercados financieros, a los fondos de inversión, a los organismos de crédito internacionales. Se les dice: "miren, estamos bajando la inflación". Y ellos aplauden. Pero los mercados no hacen la fila en el super con una calculadora de plástico.
El economista Axel Kicillof lo viene señalando desde la oposición con datos precisos: bajar la inflación vía recesión no es un modelo de desarrollo, es una transferencia de ingresos desde los trabajadores hacia el capital concentrado. La historia económica argentina —y latinoamericana— tiene decenas de ejemplos de esta misma película, con el mismo final.
Soberanía económica es poder elegir qué poner en el changuito
La soberanía económica no es un concepto abstracto que vive en los libros de Ferrer o en los discursos del peronismo histórico. Es concreta. Es poder llenar el changuito sin una calculadora. Es que la jubilación alcance para vivir con dignidad. Es que el salario no pierda contra los precios todos los meses.
Un Estado que renuncia a regular los precios de los alimentos, que libera las tarifas de los servicios públicos, que desfinancia los programas sociales y que subordina su política económica a los dictados del FMI, no está gobernando para el pueblo. Está administrando la retirada del Estado de la vida cotidiana de los argentinos.
El 1,9% de inflación en junio es un dato. Pero el dato que importa es el que Mirta calcula en silencio frente a la góndola del aceite. Ese número —el de lo que puede y lo que no puede comprar— no lo publica ningún organismo oficial. Lo vive, en cambio, todos los días.
El camino que se abandonó y el que hay que retomar
La Argentina sabe lo que significa tener una economía que crece con inclusión. Los períodos en que el Estado intervino activamente para sostener el salario real, para regular los precios de la canasta básica, para expandir el crédito productivo y para defender el mercado interno, fueron los períodos en que la clase trabajadora ganó terreno.
No es nostalgia. Es evidencia empírica.
Lo que el gobierno presenta como un logro histórico —una inflación mensual de un dígito bajo— era, durante los gobiernos populares, el punto de partida, no la meta. El verdadero objetivo de una política económica soberana no es que los precios no suban tanto. Es que los ingresos suban más que los precios. Es que la torta crezca y se distribuya mejor.
Mientras eso no pase, el 1,9% seguirá siendo un número para los diarios y una ilusión para Mirta y su calculadora de plástico.
Fuentes citadas
- DameNoticias — Inflación de junio 1,9% — Noticia original sobre el dato del INDEC para junio 2026.
- INDEC — Índice de Precios al Consumidor — Fuente oficial del IPC mensual y acumulado, publicado por el Instituto Nacional de Estadística y Censos.
- Página/12 — Sección Economía — Cobertura y análisis del impacto del ajuste en los sectores populares y el poder adquisitivo.
