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Correa y Almada en dólares: quién paga la fiesta del fútbol-empresa
El mercado de pases como radiografía económica
La noticia es, en apariencia, deportiva: el técnico Eduardo "Chacho" Coudet trabaja en Buenos Aires tras la pretemporada en Alicante, diseña el equipo ideal y espera refuerzos. Según Clarín, River negocia la llegada de Ángel Correa —delantero del Atlético de Madrid— y Thiago Almada, dos incorporaciones de talla internacional que podrían redefinir el esquema táctico del equipo. El dato futbolístico es real. Pero detrás de cada negociación de ese calibre hay una arquitectura económica que merece análisis, no solo entusiasmo de hinchas.
Un pase internacional de jugadores de ese nivel mueve cifras que en cualquier otro sector productivo se llamarían inversión extranjera directa. La diferencia es que aquí los dólares no van a una fábrica, no generan empleo formal en cadena, no traccionan proveedores locales. Van a cuentas bancarias en el exterior, a intermediarios con residencia fiscal en paraísos tributarios, a representantes que cobran en moneda dura mientras el trabajador de la popular sigue pagando la entrada en pesos que se licúan mes a mes.
La dolarización del ocio en tiempos de ajuste
En la Argentina de 2025-2026, con el tipo de cambio liberalizado y el salario real todavía por debajo de los niveles de 2017 según datos del INDEC, el acceso al fútbol de primera división se volvió un lujo estratificado. Las entradas para ver a River en el Monumental superan ampliamente el valor de la canasta básica alimentaria para una persona adulta. El abono anual equivale a semanas de trabajo de un empleado del sector informal, que representa más del 40% de la fuerza laboral argentina.
Esta no es una crítica al club como institución ni a sus hinchas —que son trabajadores en su inmensa mayoría—. Es una crítica al modelo. El fútbol-empresa, en su versión más desarrollada, funciona como cualquier otro sector concentrado de la economía: privatiza ganancias, socializa costos y externaliza riesgos. Los costos de seguridad en los estadios los paga el Estado —es decir, todos nosotros—. La infraestructura vial, el transporte público que lleva a la gente al estadio, los hospitales que atienden incidentes: todo eso es gasto público. La rentabilidad, en cambio, se acumula en pocas manos.
Almada, Correa y el circuito de la fuga
Thiago Almada es un caso interesante para el análisis estructuralista. Formado en las inferiores argentinas —Vélez, para ser precisos—, su carrera se desarrolló en la MLS y ahora podría volver al país. Cuando un jugador de esas características regresa, lo hace a un precio de mercado internacional, en dólares, con cláusulas de rescisión que garantizan la salida de capitales en caso de una oferta superadora del exterior. El club local no retiene valor: lo alquila temporariamente.
Este mecanismo es lo que Eduardo Basualdo y otros economistas del estructuralismo argentino llamarían valorización financiera aplicada al sector deportivo: el activo —el jugador— se aprecia, pero esa apreciación no se derrama hacia abajo. No mejora las condiciones de los juveniles que entrenan en tierra, no financia las ligas del ascenso, no construye canchas en los barrios populares donde se forman los futuros Almadas.
Ángel Correa, por su parte, lleva más de una década en Europa. Su eventual retorno sería un fenómeno mediático de primer orden. Pero el impacto económico real para la Argentina profunda sería marginal: algunos puntos de rating, algo de consumo en merchandising, y la perpetuación del relato de que el fútbol grande es el único que cuenta.
El Estado ausente donde debería estar presente
Desde una perspectiva heterodoxa, la pregunta no es si River puede pagar a Correa o Almada. La pregunta es qué hace el Estado con el ecosistema deportivo en su conjunto. En Argentina, el fútbol infantil y juvenil de los clubes de barrio —que son los verdaderos semilleros— sobrevive con cuotas sociales que no alcanzan, subsidios municipales discontinuos y la voluntad militante de dirigentes que trabajan ad honorem.
Mientras tanto, los grandes clubes —que facturan como empresas medianas— siguen operando bajo figuras jurídicas que les permiten beneficios impositivos propios de las asociaciones civiles sin fines de lucro. La discusión sobre el modelo de clubes-empresa que impulsó la gestión de Macri nunca se cerró del todo, y en el contexto de desregulación actual vuelve a asomar. Axel Kicillof lo planteó con claridad en distintas oportunidades: el Estado no puede retirarse de los espacios donde se define la vida cotidiana de la gente, y el deporte es uno de ellos.
Una política deportiva soberana implicaría, como mínimo: paritarias para los trabajadores del fútbol amateur y semi-profesional, inversión pública en infraestructura de clubes de barrio, retención de un porcentaje de las transferencias internacionales para financiar el deporte social, y regulación de los contratos de televisación para garantizar acceso libre a los partidos de la selección y las finales de los torneos nacionales.
El fútbol como espejo de la distribución
Hay algo profundamente revelador en que la noticia deportiva del día sea cuántos millones de dólares puede movilizar River para traer dos jugadores, en el mismo país donde el salario mínimo no cubre la canasta básica total y donde el empleo industrial viene cayendo desde 2018 con recuperaciones parciales e insuficientes.
No se trata de envidia ni de igualitarismo mal entendido. Se trata de proporciones. La economía del fútbol-espectáculo es funcional a un modelo de acumulación que concentra hacia arriba y fragmenta hacia abajo. Los pibes que sueñan con ser Almada entrenan en potreros sin vestuario, viajan dos horas en colectivo para llegar a una práctica y trabajan en negro para pagarse los botines. Esa es la base de la pirámide que sostiene el glamour de las negociaciones millonarias.
Desde Voces del Pueblo no pedimos que River no contrate jugadores de calidad. Pedimos que el debate público incluya la pregunta que los grandes medios evitan: ¿qué modelo de fútbol —y de país— queremos construir? Uno donde el deporte sea un derecho popular efectivo, con infraestructura, acceso y distribución justa de los recursos que genera, o uno donde el espectáculo de élite fagocite todo el oxígeno mientras los clubes de barrio cierran por falta de presupuesto.
El equipo ideal de Coudet es un buen tema de conversación un domingo. La economía política del fútbol argentino es el tema de fondo que no puede esperar al lunes.
Fuentes citadas
- Clarín — El River que sueña Coudet — Nota original sobre las negociaciones de River por Ángel Correa y Thiago Almada, y la planificación táctica de Coudet.
- INDEC — Mercado de trabajo: indicadores socioeconómicos — Datos sobre empleo informal, salario real y canasta básica total en Argentina, utilizados para contextualizar el acceso al fútbol como bien de consumo popular.
- Página/12 — Economía — Referencia editorial de análisis económico heterodoxo para el tratamiento del modelo de acumulación y la distribución del ingreso en Argentina.
