Soberanía Económica

La pobreza sube en 2026: el ajuste de Milei cobra su factura social

Mujer cuenta monedas en feria popular del conurbano bonaerense antes de comprar verduras
Mujer cuenta monedas en feria popular del conurbano bonaerense antes de comprar verduras

El número que el oficialismo no puede esconder

La pobreza volvió a crecer en 2026. Así lo refleja la información difundida por laciudadweb.com.ar, que suma este indicador a una serie de señales de alerta sobre el desempeño social del gobierno de Javier Milei. Para la narrativa oficial —que venía vendiendo la historia del "milagro de la estabilidad"— este dato llega como un balde de agua fría. Para quienes analizamos la economía desde una perspectiva estructuralista e industrialista, en cambio, no sorprende en absoluto: es exactamente lo que ocurre cuando se aplica un programa de ajuste fiscal severo sin política industrial, sin protección del mercado interno y sin defensa del salario real.

No se trata de catastrofismo ni de especulación opositora. Se trata de leer la historia económica argentina —y latinoamericana— con honestidad intelectual.

El ajuste no es neutro: siempre hay quien paga

Una de las falacias más persistentes del pensamiento económico ortodoxo es presentar el ajuste fiscal como una operación técnica, aséptica, que "ordena las cuentas" sin consecuencias distributivas. La economía política heterodoxa —desde Prebisch hasta Basualdo, pasando por Kicillof— lleva décadas demostrando lo contrario: el ajuste no es neutro, tiene ganadores y perdedores muy concretos, y los perdedores casi siempre son los mismos.

Cuando el Estado recorta gasto social, las primeras víctimas son los comedores comunitarios, los hospitales públicos, los planes de empleo, las jubilaciones. Cuando se liberan las tarifas de servicios públicos, el impacto recae con más fuerza sobre los hogares de menores ingresos, que destinan una proporción mucho mayor de su presupuesto a electricidad, gas y transporte. Cuando se abre la economía sin política arancelaria activa, las pymes industriales —que generan el grueso del empleo formal privado— quedan expuestas a una competencia desleal que destruye puestos de trabajo.

En ese contexto, el crecimiento de la pobreza en 2026 no es un accidente: es la ecuación que cierra.

Salario real, empleo formal y consumo: el triángulo roto

La economía heterodoxa argentina —y en particular la tradición del CIFRA-CTA y el pensamiento de Eduardo Basualdo— insiste en analizar el bienestar popular a partir de tres variables interrelacionadas: salario real, empleo formal y consumo interno. Cuando las tres se deterioran simultáneamente, la pobreza sube. No hay misterio.

El programa de Milei atacó las tres de forma simultánea. El salario real se deterioró durante los primeros meses de gestión por el salto devaluatorio de diciembre de 2023 y la aceleración inflacionaria que le siguió. Si bien la inflación mensual se desaceleró posteriormente, la recuperación del poder adquisitivo fue parcial y desigual: los sectores formalizados recuperaron algo; los informales, mucho menos. El empleo formal en la industria manufacturera mostró caídas consistentes, traccionadas por la apertura importadora y la contracción del crédito productivo. Y el consumo interno —motor histórico del mercado argentino— no logró recuperar los niveles previos a la crisis, porque sin salario real no hay demanda efectiva, y sin demanda efectiva no hay inversión privada genuina.

La promesa de que la "estabilidad macroeconómica" derramaría prosperidad hacia abajo no se cumplió. Nunca se cumple cuando el modelo de estabilización se apoya exclusivamente en la contracción del gasto y la apertura externa, sin un componente activo de política industrial y redistribución.

El FMI como socio estructural del ajuste

No puede analizarse este cuadro sin mencionar al Fondo Monetario Internacional. El acuerdo firmado por la administración Milei con el FMI no es solo una operación financiera: es un condicionante político de primer orden. Las metas de superávit fiscal primario, la liberalización cambiaria y la reducción del gasto público consolidado no surgieron del vacío ideológico; son condicionalidades explícitas de un organismo que históricamente ha impulsado programas con consecuencias sociales regresivas en la periferia global.

Argentina tiene experiencia traumática en este terreno. Los '90 con la Convertibilidad y el posterior colapso de 2001, el endeudamiento del gobierno de Macri entre 2018 y 2019, y ahora este nuevo ciclo de subordinación financiera repiten una lógica que la economía política heterodoxa describe con precisión: cuando la política económica se diseña para satisfacer a los acreedores externos antes que al mercado interno, el costo lo pagan los sectores populares.

El dato de pobreza de 2026 es, también, un dato sobre el costo social de la subordinación al FMI.

Lo que el modelo no puede comprar: legitimidad social

Hay una dimensión que los modelos de equilibrio general no capturan y que la economía política sí toma en serio: la legitimidad social de un programa económico depende de su capacidad para distribuir los costos y los beneficios de manera que la mayoría perciba que el esfuerzo vale la pena. Cuando la pobreza sube mientras los sectores financieros y agroexportadores consolidan ganancias extraordinarias, esa legitimidad se erosiona.

El oficialismo intentó compensar esto con una narrativa de "libertad" y "fin de la casta", pero la narrativa no paga el alquiler ni llena la heladera. Los datos sociales —pobreza, indigencia, empleo informal, consumo masivo— terminan imponiendo su lógica sobre cualquier relato.

La pregunta que debería estar en el centro del debate público no es si el déficit fiscal bajó o si las reservas del BCRA mejoraron en el margen. La pregunta es: ¿quién está pagando el ajuste y quién se está beneficiando? Cuando la pobreza sube, la respuesta es clara.

Qué hace falta: un programa con eje en la producción y el trabajo

Frente a este diagnóstico, la respuesta no puede ser "más ajuste con mejor comunicación". La salida estructural requiere un Estado activo en la promoción industrial, política salarial que recupere el poder adquisitivo, protección arancelaria selectiva para las cadenas productivas intensivas en empleo, y renegociación de las condiciones del endeudamiento externo para liberar recursos hacia la inversión social y productiva.

No es una utopía: es el programa que permitió reducir la pobreza de manera sostenida entre 2003 y 2011, y que volvió a mostrar resultados positivos en los períodos donde el Estado recuperó centralidad en la orientación de la economía. La heterodoxia no es nostalgia: es la única tradición intelectual que tiene respuestas verificables para el problema estructural argentino.

El número de pobreza de 2026 es un llamado de atención. Ignorarlo, relativizarlo o esconderlo detrás de indicadores financieros sería, además de deshonesto, políticamente suicida. Los pueblos tienen memoria.

Relacionado: AMIA a 32 años: la memoria no se delega en quienes la vaciaron — otra mirada sobre el mismo tema.

Fuentes citadas

  1. La Ciudad Web — Pobreza volvió a crecer en 2026 — Fuente original que reporta el repunte de la pobreza durante la gestión Milei en 2026.
  2. INDEC — Encuesta Permanente de Hogares (EPH) — Fuente estadística oficial para medición de pobreza e indigencia en Argentina por ingresos del hogar.
  3. Página/12 — Sección Economía — Cobertura periodística de referencia para el análisis económico heterodoxo y el impacto social de las políticas de ajuste.

Preguntas frecuentes

¿Por qué sube la pobreza si el gobierno dice que bajó la inflación?
Porque la inflación baja no implica automáticamente recuperación del salario real ni del empleo. Si los precios subieron mucho antes y los ingresos no se recuperaron al mismo ritmo, la capacidad de compra de los hogares populares sigue siendo inferior a la de antes del shock inflacionario de diciembre de 2023. La pobreza se mide por ingresos reales, no por la tasa de inflación mensual.
¿Qué es la economía heterodoxa y por qué la menciona este artículo?
La economía heterodoxa es un conjunto de corrientes —estructuralismo latinoamericano, keynesianismo, economía política— que rechaza el análisis de equilibrio general neoclásico y pone el foco en la distribución del ingreso, el rol del Estado, la estructura productiva y las relaciones de poder entre sectores. En Argentina, sus principales referentes son Eduardo Basualdo, Axel Kicillof y el CIFRA-CTA, entre otros.
¿Cómo afecta el acuerdo con el FMI a los índices de pobreza?
Las condicionalidades del FMI suelen exigir reducción del gasto público, liberalización de precios y apertura comercial. Estas medidas, aplicadas sin políticas compensatorias activas, comprimen el salario real, destruyen empleo industrial y reducen el consumo interno, lo que presiona al alza los índices de pobreza e indigencia.
¿Existió algún período en Argentina donde la pobreza bajó de forma sostenida?
Sí. Entre 2003 y 2011, con un modelo basado en tipo de cambio competitivo, superávit fiscal, política industrial activa, recuperación del salario real y expansión del empleo formal, la pobreza cayó de niveles cercanos al 50% a menos del 15% según INDEC. Ese proceso es la referencia empírica central de la economía heterodoxa argentina.
¿Qué políticas concretas podrían revertir el crecimiento de la pobreza?
Un programa heterodoxo priorizaría: actualización de haberes jubilatorios y planes sociales por encima de la inflación, protección arancelaria para industrias intensivas en empleo, crédito productivo orientado a pymes, política salarial activa en paritarias, y renegociación de los plazos del endeudamiento externo para liberar recursos al gasto social y productivo.