Soberanía Económica

El precio de vivir: cómo el ajuste de Milei nos dejó en el podio de la inflación regional

Mujer mayor revisa precios en góndola de supermercado barrial bajo luz fluorescente
Mujer mayor revisa precios en góndola de supermercado barrial bajo luz fluorescente

La cola del súper, un termómetro más honesto que el REM

Marta tiene 71 años y jubilación mínima. Todos los jueves hace la misma ruta: colectivo desde Villa Caraza hasta el supermercado chino de la avenida, lista en mano, calculadora en el celular. Hace dieciocho meses que tacha cosas de esa lista antes de llegar a la caja. Primero fue el queso, después la carne, ahora el aceite. "Antes compraba para el mes", dice mientras acomoda dos yogures y una botella de agua en la cinta. "Ahora compro para la semana y rezo".

La historia de Marta no es la excepción. Es el contexto real detrás del dato que publicó La Nueva Provincia: en julio de 2026, Argentina y Venezuela lideraron la inflación en toda América Latina. Dos países, dos historias bien distintas, un mismo titular incómodo para el gobierno de La Libertad Avanza, que lleva más de un año prometiendo que "lo peor ya pasó".

Venezuela y Argentina: una comparación que duele, pero que hay que hacer

No es casual que la derecha local evite esta comparación. Durante años, el macrismo y luego el libertarismo usaron a Venezuela como espantapájaros ideológico: "si gobiernan ellos, terminamos como Maduro". El dato de julio da vuelta ese argumento con brutalidad estadística. Somos nosotros los que estamos junto a Venezuela en el podio. No por el camino del socialismo bolivariano, sino por el del ajuste fondomonetarista.

La diferencia estructural importa: Venezuela arrastra una crisis de colapso productivo e hiperinflación crónica producto de la caída del precio del petróleo, el bloqueo externo y el desmanejo interno. Argentina, en cambio, llegó a este lugar desde una economía diversificada, con industria, con campo, con reservas potenciales, con talento técnico. Que estemos en ese podio no es fatalidad geográfica ni maldición latinoamericana. Es resultado de decisiones de política económica concretas, tomadas por personas concretas, con nombres y apellidos.

Lo que el número no dice — y nosotros sí

Cuando el INDEC publica el IPC mensual, el número viaja por los canales de noticias como si fuera un meteorito caído del cielo. Nadie lo eligió, nadie lo diseñó, simplemente ocurrió. Esa narrativa es funcional al poder. Porque la inflación, como enseñó el economista Eduardo Basualdo durante décadas, no es un fenómeno meteorológico: es una disputa distributiva. Es la puja entre sectores por quedarse con una porción mayor del ingreso nacional.

En el modelo actual, esa puja la ganaron los que siempre la ganan cuando el Estado se retira: los formadores de precios, los grandes grupos concentrados, los exportadores que liquidan divisas a cuentagotas. La perdieron los asalariados cuyo convenio colectivo corrió siempre por detrás de la canasta. La perdió Marta con su jubilación atada a una fórmula que el Congreso modificó a las apuradas. La perdieron los docentes de Santa Fe que en junio todavía esperaban el pago de mayo.

El ajuste mileísta prometió que comprimir el gasto público iba a bajar la inflación por la vía de la confianza y las expectativas. Dieciocho meses después, Argentina sigue en el podio regional. La confianza no alcanzó para pagar el kilo de tomate.

La soberanía económica como antídoto — no como nostalgia

Hay quienes leen estos datos y concluyen que "nada funciona en Argentina", que el problema es cultural, que somos incorregibles. Es una lectura cómoda para quienes se benefician de la parálisis. La historia reciente del propio país contradice ese fatalismo.

Entre 2003 y 2011, Argentina redujo la pobreza del 54% al 6,5% según datos del INDEC y de la CEPAL. El salario real creció, la industria se recuperó, la deuda externa se reestructuró en términos soberanos. No fue magia ni populismo irresponsable: fue Estado activo, mercado interno protegido, paritarias libres y política de ingresos. El ciclo tuvo sus problemas — la inflación de ese período fue real y hay que decirlo — pero la dirección era la de ampliar derechos, no la de concentrar riqueza.

Hoy el ministro Caputo celebra el superávit fiscal como si fuera un fin en sí mismo, mientras Axel Kicillof en la provincia de Buenos Aires advierte que ese superávit se construyó sobre el hueso de los que menos tienen: menos obra pública, menos transferencias a provincias, menos jubilaciones actualizadas. El equilibrio de las cuentas del Estado no vale nada si el desequilibrio se traslada a la mesa de cada familia.

El FMI en el cuarto de al lado

Hay un actor que no aparece en los titulares de inflación pero que está presente en cada decisión de política económica: el Fondo Monetario Internacional. El acuerdo firmado por la gestión Milei condiciona la política cambiaria, el gasto social, la velocidad de la desregulación. Argentina no diseña su economía sola: lo hace con un acreedor sentado a la cabecera de la mesa.

Esa subordinación tiene historia. Cada vez que Argentina entregó las llaves de la política económica al FMI — en 1976, en 1989, en 2001, en 2018 — el resultado fue el mismo: más deuda, más ajuste, más pobreza. El dato de julio de 2026 no es una anomalía del modelo libertario: es su lógica llevada a la práctica.

La soberanía económica no es una consigna retórica. Es la condición para que un país pueda decidir cuánto se jubila una persona, cuánto cuesta el pan, quién paga los impuestos. Sin esa soberanía, el ranking de inflación latinoamericana seguirá siendo el espejo en el que no queremos mirarnos.

El jueves que viene, Marta vuelve al súper

Marta no lee informes del FMI. No sabe qué es el REM ni el swap con China. Pero sabe perfectamente cuánto aumentó la leche desde diciembre, cuánto le quitaron a la jubilación en términos reales, cuántos remedios del PAMI dejaron de estar en la cartilla.

Esa sabiduría concreta, corporal, de fin de mes, es la que los datos macroeconómicos deberían traducir en políticas. El liderazgo regional en inflación no es un trofeo: es una deuda con Marta, con los docentes sin cobrar, con los pibes del comedor que esperan el refuerzo alimentario que el ajuste recortó.

Mientras el gobierno festeja el superávit en los medios amigos, en las colas del súper se escribe la crónica real del modelo. Y esa crónica, por ahora, no tiene un final feliz.

Relacionado: Movilización sindical como respuesta al ajuste laboral: qué pide la CGT — otra mirada sobre el mismo tema.

Fuentes citadas

  1. La Nueva Provincia — Venezuela y Argentina lideraron la inflación en América Latina durante julio — Fuente original de la noticia que dispara el análisis editorial.
  2. INDEC — Índice de Precios al Consumidor (IPC) — Datos oficiales del IPC mensual publicados por el Instituto Nacional de Estadística y Censos de Argentina.
  3. CEPAL — Inflación en América Latina y el Caribe — Datos comparativos regionales de inflación elaborados por la Comisión Económica para América Latina y el Caribe.

Preguntas frecuentes

¿Por qué Argentina lidera la inflación en América Latina junto a Venezuela?
Según datos de julio de 2026, ambos países registraron los índices de inflación más altos de la región. En el caso argentino, el fenómeno responde a una combinación de ajuste del gasto público, desregulación de precios, devaluación acumulada y ausencia de políticas de ingresos que protejan a los sectores populares.
¿El ajuste fiscal no debería bajar la inflación?
La teoría del gobierno es que comprimir el déficit reduce la emisión monetaria y con eso baja la inflación. En la práctica, la inflación argentina tiene componentes estructurales —poder de mercado de grandes formadores de precios, indexación, expectativas cambiarias— que el ajuste del gasto no resuelve y en muchos casos agrava al deteriorar el poder adquisitivo.
¿Qué rol cumple el FMI en la política económica actual?
El acuerdo vigente con el FMI condiciona variables clave como el tipo de cambio, el nivel de reservas y el gasto público. Esas condicionalidades restringen el margen de maniobra del Estado argentino para implementar políticas contracíclicas o de protección social.
¿Hubo períodos en que Argentina bajó la inflación sin ajuste?
El período 2003-2007 mostró que era posible crecer con inflación moderada mediante política de ingresos activa, paritarias y mercado interno protegido. La inflación escaló en la segunda etapa kirchnerista por razones distintas, pero el punto es que el ajuste no es la única ni la más eficaz herramienta antiinflacionaria.
¿Cómo afecta la inflación a los jubilados en particular?
Los jubilados que perciben la mínima son especialmente vulnerables porque sus haberes se actualizan con rezago respecto de la inflación real. Cuando la fórmula de movilidad se modifica por decreto o se congela, la pérdida de poder adquisitivo es inmediata y acumulativa.